El Asilo Embrujado



El Asilo Embrujado



Artemio, un hombre de 55 años, había trabajado la mayor parte de su vida como velador en diferentes lugares. Acostumbrado a laborar de noche, no se le hizo raro cuidar de un edificio viejo que en los años 50 fue un asilo. Lo extraño era que nadie deseaba estar ahí. Al recibir las llaves, preguntó al encargado sobre la situación.

—Vera Don Artemio, se dice que en ese asilo maltrataban a la gente mayor. Incluso se comentaba que los enfermeros y enfermeras los dejaban morir. Lo más extraño fue que una mañana encontraron a varios de ellos muertos, sentados en una mesa, envenenados. Se cuentan que en las noches se oían voces terribles, llantos, lamentos. La cosa se puso fea cuando cada semana o mes, aparecía muerto personal del asilo, ya fueran doctores o enfermeras, dando a entender que los muertos que deambulaban por ahí cobraban venganza.

—¡Dios y la purísima virgen! Yo no creo en eso, pero suena muy real. Pero pagan bien por cuidarlo, así que aceptamos el trabajo.

—Yo tampoco creo en eso, Don Artemio. No puedo afirmarle nada, eso me platicaron los vecinos que viven cerca. Para usted es una buena paga, alimentos, seguro de vida. Sé que el lugar es bastante feo, pero siento que es más la exageración o imaginación de la gente.

—Pues le diré, allá en mi pueblo de donde soy, Apizaco, Tlaxcala, creemos firmemente en la muerte. Yo solo seguía las tradiciones de mi casa, pero nunca vi nada, así que acepto su oferta.

—Gracias. Me interesa que alguien se quede ahí, porque el lugar será demolido. Planean hacer un edificio grande para rentar oficinas. Ya sabe, los hombres poderosos no los detienen ni los fantasmas.

Ambos hombres rieron. Esa tarde, Artemio, que era viudo y cuyos hijos lo visitaban poco, decidió que no perdía nada con estar ahí. Su única compañía era su perro "Concho", un pastor alemán de buen tamaño, bravo con los extraños y manso con la gente buena que amaba a los perros.

—Anda, "Concho", entremos. Veamos, traigo unas tortas, mi termo para el café, tus croquetas y unas salchichas por si tienes más hambre. Tragoncito, que no fueras amigo mío. Ponte alerta, no quiero que ningún animal nos moleste. Tú tienes mejor vista, oídos y olfato.

El perro merodeaba los alrededores y atrás lo seguía Artemio, linterna en mano. Recorrieron de palmo a palmo el lugar, hasta que se detuvo al ver una foto grupal de los ancianos que les tomaron en una Navidad.

—Vaya, "Concho", mira cuántos viejos estaban aquí. Sí, ese es el destino de los viejos, somos estorbos y nos arrojan a cualquier lado. Pero cuando eres joven, todo el mundo te quiere. Pobres almas perdidas, que Dios los acoja en su seno. Amén.

Se persignó muy serio y regresaron a la caseta de vigilancia.

—Bueno amigo, cenaremos y veremos cómo transcurre nuestra primera noche aquí.

A las tres de la mañana, unos ruidos extraños alertaron a "Concho". El can, avispado, dudaba en ir o no. Finalmente, empezó a olfatear. Artemio roncaba como un bendito. El perro llegó hasta donde oía muchas voces, gruñó, pero unas manos viejas lo acariciaron. El can se dejó agarrar. A la media hora regresó a la caseta y se durmió hasta el amanecer.

—Ya amanece, "Concho". Vaya, si que fue una noche tranquila, ¿verdad?

Pero el perro se paró y fue hasta el segundo piso, mirando fijamente una mesa vieja donde se suponía los ancianos tenían actividades. "Concho" miraba y ladraba, extrañado. Artemio lo miraba; jamás había visto actuar así a su amigo de cuatro patas.

—¿Qué viste, amigo? Estás raro. Anda, vámonos a la casa. Al rato vendrán los albañiles a trabajar acá. Vente.

Don Artemio pasó unos 15 días sin ver nada extraño. Le asustaba la actitud del perro, así que una noche no durmió. A las tres de la mañana, el perro salió, como siempre. Artemio lo siguió y oyó algo que lo dejó frío: voces y lamentos.

—¡Dios, amparame! Vamos, "Concho".

Subieron al segundo piso. Artemio sacó una pistola que nunca había usado. Llevaba su linterna y un terror marcado en su cara. Se animaba ya que su perro le daba valor. Entonces, una mano lo tocó por el hombro. Artemio, en una reacción, le disparó al aparecido, el cual sonriendo le dijo:

—Calma, Artemio. No todos los aparecidos somos malos, ¿verdad "Concho"?

—¿Cómo sabes mi nombre? —dijo Artemio, blanco como el papel.

—Cada noche mis amigos y yo salimos a verte. Aunque nuestros huesos están en un panteón, no nos olvidamos de este lugar, ¿verdad chicos?

Aterrado y paralizado, vio cómo uno a uno se aparecían. No daba crédito a lo que sus ojos viejos miraban. "Concho" movía la cola al saludar a cada uno.

—Por cierto, me llamo Ramiro. No somos tan malos, pero la idea de que este lugar lo derrumben nos afecta. Sé que muertos no podremos hacer nada, pero, ¿podemos ser amigos?

—Dios, pero si mírame cómo estoy. Imagínate ser amigo de fantasmas. Aunque veo que "Concho" los conoce bien.

—Sí, los perros siempre leales. Bueno, nos vamos. Dentro de un rato sale el sol, así que despreocúpate. No siempre nos verás, pero si de vez en cuando subes acá, solo di mi nombre.

Atontado, sin habla, esa mañana que iba camino a casa no sabía qué hacer. Sin embargo, consideraba que, sí, llevaba una existencia triste y vacía. Nada perdía con ser amigo de seres del más allá. Se volvió habitual charlar con ellos. Así se enteró de sus vidas y su sufrir, algo parecido a su vida. Entonces les hizo una propuesta tenebrosa.

—Ramiro, hoy que te tengo confianza, te quiero hacer una propuesta. Mi vida es muy triste y solitaria. Solo mi perro es mi gran compañía. Me gustaría irme con ustedes.

—Pero tú no quieres vivir. Bueno, no depende de mí. Sería cuestión de que allá arriba te marquen tu hora, aunque la otra es que te demos el sueño eterno.

—¿Sueño eterno? ¿Cómo es eso?

—En aquellos años, hartos de los maltratos y que efectivamente matamos gente, tomamos un veneno fuerte para ratas y nos sentamos en esta mesa. Aquí esperamos a bien morir. Ese veneno quizás aún lo vendan. Cómpralo y será tu decisión, vivir o morir.

—¡Ufff! Sí, es difícil. Lo pensaré muy bien.

—Además, tú tienes a tu perro, amigo. Siento que por lo que nos has platicado, busca a tus hijos. Y aunque este lugar cambie, nosotros no nos iremos de aquí.

Varias semanas pensó en esa propuesta abracadabrante. En eso sonó su celular y era uno de sus hijos, que deseaba verlo. Le resultó extraño, pero una cosa era segura: Ramiro tuvo que ver en esto. Finalmente, Artemio no decidió quitarse la vida. Siguió con su trabajo de vigilante. El asilo fue demolido y se construyeron oficinas lujosas. Artemio pidió seguir ahí, donde cada noche a las tres de la mañana saludaba a ese grupo de amigos suyos del más allá, por un largo tiempo.







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