Habia vendido su alma al diablo.



Habia vendido su alma al diablo.



Hace 30 años, cuando yo tenía 10, fuimos a vivir con mi familia en un pueblito de Catamarca, en una casa que alquilaron mis padres. Al principio no conocíamos a nadie, y recuerdo que mamá me llevaba con ella cuando visitaba a unas viejas vecinas, tres mujeres solteronas que vivían solas, con el hijo de una de ellas, que era un muchacho sordomudo. Mi madre era joven y las ayudaba en las tareas del hogar, o se pasaban la tarde tejiendo y conversando mientras yo jugaba con mis soldaditos en el amplio patio de tierra de ese caserón de campo. Mi padre se iba a trabajar a la ciudad temprano, a la mañana, y volvía cuando ya era de noche. 

  

El sordomudo tenía unos 20 años y era muy cariñoso conmigo. No tenía amigos, y sólo se entretenía conmigo cuando con mamá los visitábamos. Jugábamos a las carreras de autitos o a las bolillas, y me llamaba la atención de él, que se llamaba Manuel, que no tuviera juguetes de su infancia. A veces íbamos al galpón de las herramientas y Manuel me enseñaba a hacer nudos con una soga, o me llevaba campo adentro para hacerme ver cómo enlazaba animales. Eran días de una infancia feliz. Pero algo me despertaba una alerta interior cuando visitábamos a esas tres hermanas: la mayor, Felicia, para mí estaba loca. 

  

Cuando le comentaba mi sospecha a mamá, me retaba diciéndome que el loco era yo, que eso me pasaba por leer libros de terror (que me gustaba coleccionar), pero jamás me preguntó, ni me dejó decirle, por qué pensaba de esa manera. Yo, a mis 10 años, era muy desconfiado, ¡¡y más de una vez me había dado cuenta de que Manuel le tenía pánico a esa vieja, de sólo verla aparecer!! Adelaida era la hermana del medio, la más calladita, tímida, como si todo le diera vergüenza. Manuela era la menor, que ya tenía más de 50 años, y de todas era la más buenita y conversadora conmigo; era la mamá de Manuel. 

  

Una tarde las tres viejas y mamá se fueron a misa en la parroquia del pueblo, como a cinco cuadras de la casa, y quedamos solitos Manuel y yo. Le había enseñado a jugar a las damas, y estaba ganándole una partida tras otra, cuando de pronto se levantó y me hizo un gesto como para que lo siguiera hasta uno de los cuartos. La casa estaba oscura, aunque eran las seis de la tarde en verano, porque las mujeres casi no dejaban entrar la luz del sol. Fuimos hasta una pequeña habitación en la cual sólo había una cama y una mesita de luz, y Manuel caminó en la oscuridad hasta llegar a un velador. Lo encendió y abrió un cajón, del que sacó un viejo libro, con las tapas muy gastadas. 

  

Me puse a hojearlo detenidamente, sin entender de qué se trataba exactamente. Era demasiado chico tal vez para eso, pero siempre tuve la impresión de haber estado ante un libro de magia negra. Manuel me miraba asustado y yo le hacía gestos de que no entendía qué significaba aquello. Solamente me pidió que hiciera silencio, que no dijera nada, con la clásica señas de la enfermera que se lleva a la boca el dedo índice. No me voy a olvidar en mi vida la cara de pánico en Manuel, que parecía mostrarme ese libro para advertirme sobre algún terrible mal que habitaba en ese lugar, o que podía llegar a afectarme. Le hubiera acercado un lápiz y un papel para que me contara lo que pasaba, pero, desde nuestra primera visita a esa casa, nos habían comentado que Manuel no sabía leer ni escribir. Se me cruzaron los peores pensamientos. 

  

Esa noche mientras mamá me preparaba algo para cenar, pensé contarles lo que había pasado. Estaba seguro de que papá iba a comprender mi preocupación, pero descarté la idea. Si abría la boca, la que no iba a comprender era mamá. Aunque esa tarde no hice otra cosa que seguir a Manuel, sabía que estaba mal que hubiéramos entrado al cuarto de Felicia, y mi madre se habría enojado mucho al saberlo. Comentar la existencia de ese libro era igual que confesar que había estado espiando las cosas de esa vieja. Cuando me fui a dormir, quise leer uno de mis libros de terror, pero no pude: era suficiente con lo que estaba pasándome en la realidad. Así que dejé la luz de mi mesa de noche encendida, y me dormí. Luego tuve el peor despertar de mi vida. 

  

Algunos ruidos que provenían de otro lugar de la casa me despertaron cuando ya era de día. Miré la hora en el reloj de pared: las nueve. Me levanté llamando a mamá, y después de atravesar el pasillo llegué a la cocina. Allí estaba Felicia, sentada junto a la mesa, sonriéndome con su rostro más perverso, me dijo "tu mami no está... fue a la despensa, y mientras tanto vos y yo tenemos algunas cosas que arreglar". Me invadió un terror en todo el cuerpo cuando ella fue poniéndose en pie, y sacó de entre sus ropas una enorme cuchilla de carnicero... Di media vuelta y eché a correr desesperado, por el pasillo que daba a la vuelta por toda la casa y desembocaba en la misma cocina, pero del otro lado. A mitad de camino quise abrir la puerta de calle para huir, pero estaba cerrada con llaves, y Felicia apuraba el paso sobre mí, levantando la cuchilla y gritándome "¿¡Así que estoy loca!?" 

  

Me faltaba el aire y se me aflojaron las piernas cuando tuve que seguir corriendo, sabiendo que ya no tenía escapatoria, que Felicia seguramente habría cerrado y trabado todas las ventanas. Se me cruzaban flashes de imágenes de mamá acuchillada y oculta en algún lugar de la casa, y sin dejar de correr me volví a mirar hacia atrás y me di cuenta de que Felicia ya no me seguía. Ella seguramente no necesitaba correr. Me quedé agitado, apoyado contra la pared, con la respiración profunda, mirando para ambos lados del pasillo. Sabía que vendría por mí, y que no podía pasarme toda la mañana corriendo. En ese momento escuché sus pasos y miré a la izquierda. Ahí estaba ella, parada, y había sangre en la hoja metálica de la cuchilla. Me dijo "explícame cómo supiste que estoy loca..." y miré hacia mi derecha porque de allí venía la voz, viendo que Felicia estaba ahora ahí, sonriendo con maldad infinita, sabiendo que ya me tenía, que nada me quedaba por hacer, que me había rodeado, que podía multiplicarse, que lo único que quizá me quedaba por hacer era gritar... 

  

Llamé a mamá con gritos desgarradores, según ella misma me contó más tarde cuando almorzábamos. En broma me dijo "pensé que te estaban carneando", y me repetía que gracias a Dios a esa hora ella aún no se había marchado a hacer las compras. Le dije que, para mí, aquello no había sido sólo una pesadilla, que seguramente significaba algo más, como si fuera un mensaje. Papá quedó muy asombrado, no tanto por mi sueño, sino por lo que le conté acerca del libro, y fue él quien creyó más conveniente sugerir que, durante un tiempo, no regresáramos a visitar la vieja casona de esas hermanas. Y así fue. Además, curiosamente, tampoco ellas volvieron a buscar a mamá en casa. 

  

Un mes más tarde, días más, días menos, mamá volvió del almacén del pueblo y me despertó alterada, diciéndome que no iba a poder creer lo que estaba a punto de contarme. Era la comidilla del pueblo esa mañana. Manuel, que nunca salía de la casa, se presentó en la comisaría y no sé cómo se hizo entender para que una delegación de policías fuera hasta el domicilio de su madre. El chico había escapado de un encierro mientras Felicia estaba de viaje en la ciudad capital, y logró que los uniformados rescataran a su madre, Manuela, y a su tía Adelaida. Las hermanas habían sido encerradas y amordazadas en una habitación, y llevaban días sin recibir comida, mientras Felicia hacía una vida normal, y todos los que le preguntaban por sus hermanas, recibían como respuesta de ella que "se marcharon de casa, se fueron a vivir a otro pueblo..." 

  

Fue hace treinta años, cuando yo tenía diez, y nunca supe algo más de esas hermanas, ni de Manuel. La vieja casona se vendió poco después, remodelada, y los nuevos propietarios jamás supieron que, en ese lugar, una mujer había planeado matar a sus dos hermanas y a un sobrino, para quedarse con todo. En el pueblo nadie dudó de que, esa mujer, había vendido su alma al diablo. 

 







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