La casa del viejo



La casa del viejo



Después de conversar con Matías, no tuvimos dudas de que estábamos ante uno de los testimonios más sorprendentes para la revista de Zona Negra. Hubo un intento más de convencerlo para que acepte la difusión de su relato en el programa, aunque más no sea distorsionándole la voz para que no fuera reconocida, pero no hubo caso. 

Un dato de un oyente nos acercó hasta Matías, que tiene 19 años y muchas razones para ocultar su identidad y su voz. Sus razones pasan por el miedo. Miedo a ser identificado por alguien que lo denuncie ante la policía, y más miedo de volver a pasar por algo semejante a la estremecedora experiencia que le tocó atravesar cuando quiso protagonizar un robo domiciliario. 

Vive en un barrio popular y casi céntrico de la capital de Catamarca, y dejó los estudios secundarios a los 15 años. Depende de sus padres para cubrir sus necesidades, pero cada tanto realiza changas que le permiten salir a bailar, o juntarse con amigos a cerveceare durante un fin de semana. Matías está seguro de que no olvidará, por el resto de su vida, el episodio que lo marcó a fuego, y que contó para Zona Negra. 

Con su amigo Iván, un año menor que él, varias veces habían observado con intriga una vieja casa, algo destruida, que está en los alrededores del barrio. Sabían que allí vivía un viejo solitario, pero desconocían a qué se dedicaba, porque este hombre casi no tenía contacto con los vecinos del barrio. El único dato, era que en las noches se escondía en las penumbras de su patio externo, para regar las plantas, oculto entre las sombras de las copas de sus árboles. Se notaba su presencia sólo cuando encendía un cigarrillo. 

Según nos dice Iván, algunos vecinos especulaban comentando que ese viejo practicaba la magia negra, y les llamaba mucho la atención que, las pocas veces que salía de su casa, era después de la medianoche. Y algo destacaba el lugar donde vivía: la ausencia total de luz. "Nunca un foquito en el patio del frente, ¿me entendés? siempre metió miedo esa casa, y nos preguntábamos con los amigos si este viejo tendría cosas de valor", cuenta Matías, y agrega que, por eso, decidieron visitarlo para desvalijarlo. 

Fue en una de las noches más frías del invierno de este año 2.010. La ocasión quedó servida cuando, a media cuadra de esa fantasmagórica casa, Iván y Maty vieron que el hombre salía, y se marchaba caminando. "Lo dejamos alejarse por algunos minutos y después con Iván subimos a mi moto y lo seguimos para ver hacia dónde iba...el tipo caminaba rápido rumbo al centro, y supimos que no iba a volver enseguida... ahí decidimos volver al barrio y meternos en su casa", nos confiesa Matías. 

Reconocen, los dos, que tenían cierto temor. La casa, de dos pisos, intrigaba más aún con la visión de un altillo que parecía tan oscuro como el resto de la vivienda. Para colmo, no colindaba directamente con ningún otro vecino, porque de ambos lados había baldíos, con árboles tan altos como aquellos que regaba el viejo durante las madrugadas en su patio. Saltaron una de las tapias laterales, con la seguridad de que allí no había perros. "Siempre habíamos visto gatos en ese lugar", agrega ahora Matías. 

Cuando estuvieron adentro, avanzaron por un pasillo estrecho que, según dice este chico de 19 años, no era demasiado largo. Llegaron hasta el pie de una escalera externa que llevaba al primer piso, y decidieron subir. Matías cuenta que le pidió a Iván: "andá y fíjate que no haya nadie afuera, porque algún vecino nos puede ver desde la calle cuando subamos". Iván se ocultó entre los mismos árboles que cubrían la imagen del viejo en las noches que regaba el patio, y desde allí comprobó que no había nadie afuera. El barrio dormía a esa hora: casi las tres de la mañana. 

Cuando regresó Iván, comenzaron a subir por los escalones. El frío era intenso, y golpeaba el viento sur de ese lado de la casa. Se nota que Matías todavía se estremece de solamente recordar la aventura: "me acuerdo de que yo bromeaba, y lo jodía hablándole en secreto a Iván, le decía que parecíamos dos amantes que se ocultaban para hacerlo tranquilo... pero yo hablaba pavadas porque tenía miedo, y creo que Iván se daba cuenta..." 

Cuando llegaron al último escalón, dieron directamente con una puerta de madera, vieja y rota, arruinada tal vez por tantas lluvias del sector sur que la habrán azotado. La noche, cerrada, oscura, sin luna, fría, ventosa, y el silencio que sólo se cortaba por el ruido de los árboles, hubieran sido elementos más que suficientes para que alguien tuviera un presagio y se arrepintiera, dejando de lado la tarea.  

El joven fuma nervioso mientras recuerda que Iván fue quien intentó abrir la puerta, y se sorprendió al comprobar que no tenía llaves colocadas, ni otro tipo de seguro. Dice Matías que en ese momento sintió una profunda desilusión, y que pensó: "este viejo de mierda no debe tener nada de valor..." Abrieron del todo la puerta y entraron, apurados, sobre todo porque el frío del viento ya se volvía insoportable.  

El testimonio de Matías, casi textual, fue el siguiente: "Te juro loco que adentro no se veía ni las manos!! le dije a Iván que ilumine con su celular para ver qué nos podíamos llevar, para irnos rápido, y cuando la linterna del celu iluminó apenas la pieza... yo vi arriba que había como una sombra que se movió, y le dije que apunte la luz para ahí, que era del otro lado de la pieza... te juro que primero no supe qué mierda era... hasta que abrió las alas... era un tremendo pájaro negro!! ¡¡¡No sabemos hasta hoy sobre qué cosa estaba asentado, pero cada ala debe haber medido dos metros!! cuando las abrió iban de punta a punta de la pared!!" 

En esta parte del relato, Matías e Iván hablan casi juntos, pisándose el uno al otro, como compitiendo sobre cuál de los dos recordaba más detalles de ese fugaz instante... Iván dice que quiso apuntarle a la cara del pájaro pero era muy oscura; Matías recuerda que el tremendo animal tenía el cuerpo similar al de un hombre de un metro de altura; Iván asegura que ni bien lo iluminaron hizo el ademán como de aletear para levantar vuelo, pero arriba estaba el techo; a Matías todavía le tiembla la voz cuando describe de qué manera huyeron del lugar. 

Como en una película, a los dos les pareció eterno el momento, como si fuera una de esas pesadillas que se viven en cámara lenta. Les costó encontrar el picaporte, abrir la puerta y salir, atropellándose entre ellos... Dicen que bajaron las escaleras saltando de a cuatro los escalones, y que no saben de qué manera pasaron por arriba de la tapia hacia el baldío. Corrieron desesperadamente con aquella horrible imagen del gigantesco pájaro como si los persiguiera, hasta que llegaron a la calle. 

Les preguntamos qué hicieron luego, y Matías parece distenderse un poco. Dice que el frío había desaparecido para ellos, invadidos por el pánico que esa "cosa" (sea lo que fuere) les había producido. "Nos quedamos como una hora en la vereda, sentados afuera, mirando hacia la casa... queríamos ver algo más, ¡¡¡y al mismo tiempo estábamos muertos de miedo!!  no nos cansábamos de decir que los dos habíamos visto lo mismo!! ¡¡Era impresionante ese bicho... no se puede decir que haya sido un pájaro, no existe un pájaro tan grande... y menos aquí !!" 

Dicen que, al cabo de esa hora en la que no paraban de hacer especulaciones, sentados en la vereda, vieron que desde el interior de la casa abría la puerta exterior el viejo. Se quedaron instantáneamente mudos. No hacía falta que se preguntaran nada. Matías e Iván sabían que esa casa no tenía otra puerta de ingreso, y en ningún momento habían visto al tipo que volviera a entrar desde que se fuera antes de las tres de la mañana. Comenzaba otra historia. Habrá más detalles en el número tres de la revista de ZN... 

 








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