La ciudad de los muertos



La ciudad de los muertos



 

Fuimos al cementerio, un sitio de paz en donde la soledad y la calma debieran reinar. Es una de las ideas que tuve antes de entrar, y esperaba que esa visita no la cambiara. Llegamos con Jorge, imprevistamente, ya que esa noche teníamos pensado hacer otro trabajo para el programa Zona Negra, y me surgió la idea de concurrir para ver si teníamos la oportunidad de que nos dejen ingresar, comúnmente como se dice, a probar suerte. 

  

La suerte estaba de nuestro lado, ya que nos encontramos con un joven que trabaja de seguridad para una empresa privada, en el turno noche. Este informe fue realizado a las 01.00 horas de una madrugada tranquila, sin luna, sin viento y un poco fresca. Nos quedamos conversando un momento en la vereda. Allí nos contó sobre el cuadro 13, temido por los trabajadores del lugar, donde se escuchan silbidos y, en ocasiones, que tiran piedras. 

  

Nos comentó sobre las apariciones de un par de nenitas cerca de la cocina, sin darnos más detalles, luego de una pausa, nos realizó una pregunta que no esperábamos: “¿quieren entrar?”. Sorprendidos por la predisposición aceptamos, ya que solo íbamos de pasada. 

  

Para comenzar el recorrido nos invitó a conocer la parte donde se encuentra ubicada la iglesia y nos contó lo sucedido una vez en ese lugar, a un compañero que tenía mucho sueño durante una noche, y le dijo: 

  

    -che me voy a dormir en la iglesia… 

  

A lo que le respondió: “dale no hay problema”. 

  

A los minutos ese hombre volvió blanco, muy nervioso y con cara de susto, con palabras entrecortadas le comentó que lo habían tocado con una mano muy fría y, pensando que era uno de sus compañeros, se volvió a recostar. Al rato pasó lo mismo, y en esta ocasión vio con los ojos entreabierto el contorno de una persona. Esta vez la mano se sintió más fuerte. Entonces se levantó agitado y vio que en el lugar estaba solo. Dicen que desde entonces NADIE entró a la parroquia por las noches. 

  

También cerca se encuentra la sala velatoria y, haciendo memoria de algo que me contó una pareja, sucedido allí durante una noche muy fría, mientras se realizaba un velatorio a altas horas de la madrugada, me dijeron que de pronto se escucharon pasos y silbidos dentro del lugar donde se encontraban solamente ellos… y el frío cuerpo del fallecido. 

  

Volviendo al informe, nuestro entrevistado, a quien desde ahora llamaremos Brian, nos comentó que el cementerio está dividido en dos partes, usualmente conocidas como la parte vieja y la nueva. Nuestro recorrido comenzó en el sector nuevo, ya que el portón del lado antiguo se encontraba cerrado. Mientras caminábamos por el frente del cementerio judío, nos comentó que a ese lugar nadie tiene permiso para ingresar. Luego nos topamos con la entrada de la morgue, que en esa ocasión estaba cerrada, y mencionó que a veces, cuando llevan algún cuerpo para que le realicen la autopsia, algunos bomberos sienten recelo, un rechazo para aquel que no esté acostumbrado o dispuesto a ingresar. 

  

Una vez adentro, mientras transitábamos las calles del lugar vimos que estaba más oscuro de lo habitual por la ruptura de algún fusible y la falta de iluminación por hechos de vandalismos de días atrás. Sin linternas, sin la luz natural de la luna, sumado a los sonidos de la noche, y el eco de nuestros pasos en los mausoleos, daban al lugar ese toque de misterio y escalofrío constante. 

  

Le pregunté a Brian cuales son los elementos de trabajo, y me contestó que suele usar una linterna, un radio transmisor y de vez en cuando el bastón (cachiporra), no por la aparición de algún espíritu, porque de nada le serviría, sino más bien por la de algún “vivo”, que suelen dedicarse al robo de elementos de bronce. Mientras caminábamos nos mostró el mausoleo de dos familias que tienen permiso para entrar a la hora que ellos deseen visitar a sus deudos, y también nos indicó numerosos panteones de reconocidos personajes de Catamarca (Walter olmos, el coronel Felipe Varela, Vicente Saadi, entre otros). 

  

Para nosotros, ubicarnos en el lugar era complicado, más aún cuando se está en los pasajes de la parte vieja, por la cantidad de entradas y pasillos “secretos” u “ocultos” a los cuadros (secciones en que se encuentra dividido el cementerio). Nuestro “guía” nos comentaba que, incluso él, trabajando ahí, desconoce alguno de los pasajes, y es muy fácil perderse, o desorientarse. Usa la ironía y afirma que, conoce tanto el cementerio de noche que, a la luz del día, no sabría dónde está parado. 

  

Ya habíamos caminado un gran tramo, hasta llegar a la calle final, donde hay varios nichos vacíos, la última morada de nosotros, los que vamos para el mismo camino. Mirando hacia atrás, sólo se veía la sombra de un grupo de árboles grandes, que eran iluminados por un pequeño foco de una calle lindera, y reinaba el silencio y una soledad que atemoriza a cualquiera. 

  

“En la parte nueva no da tanto miedo, pero en la parte vieja sí, me surgió decir en ese momento”, explicando que, si de día da cierto recelo, de noche imagino que será peor (adelantando a lo que venía por recorrer), Entonces me acorde de un relato de Jorge que leí en el libro de Zona Negra, ocurrido en plena siesta en la parte vieja del cementerio (ver más adelante en esta revista), cuando creyó ver un muerto caminando. Argumenté que no sólo de noche pueden ocurrir estas apariciones, sino que de día también. Brian nos dijo que estos sucesos son normales. 

  

Mientras nos acercábamos más a la parte vieja, que “mete miedo”, tal vez por la arquitectura antigua, la típica imagen que tenemos de un cementerio viejo: de día los colores desgastados por antigüedad, y de noche el contorno de las gárgolas que adornan los mausoleos. Esto sumado a la oscuridad que reinaba en el lugar. 

  

Ingresamos por la parte de atrás, y al instante escuchamos un silbido muy fino y largo. Brian nos dijo que esos silbidos son muy frecuentes en estos lados, y que cuando se tiene algún fallecido reciente, se escuchan ruidos, se sienten llantos, se ven nubes o sombras de color negro o blanco. Nos explicó que ese recorrido lo realizan los serenos todas las noches para regar o para controlar. 

  

  

  

En ese momento, a unos metros del lugar de donde estábamos, vimos una sombra de no más de un metro de alto que cruzo la vereda, como saltando de un lado del pasaje al otro.  La impresión fue como si estuvieran saltando un charco. Nos acercamos a ver qué era, pero no había nadie. Le preguntamos a Brian si había alguien más, y para cerciorarse, con la radio se comunicó con otro compañero, preguntando si esto era así, y su repuesta fue “negativo”. Era sabido que estábamos los tres, pero algo más nos acompañaba en el recorrido. Como en la mayoría de los sucesos de Zona Negra, no supimos la respuesta. Brian nos habla del temido cuadro 13, ubicado al fondo del sector que recorríamos, donde dicen que se escucha el típico ruido de una piedra al caer al piso de los pasillos. Nos comentó sobre algunos compañeros que en varias ocasiones escucharon el golpe de piedras que caían, pero al ir a buscarlas, nunca las encontraban 

  

Rumbo a ese lugar, pasamos por un sector de nichos desde donde proviene un olor putrefacto que abundaba, porque esa tarde hizo mucho calor, y cuando eso sucede a la noche suele haber ese olor nauseabundo. En los pasillos miraba alrededor y me encontraba perdido o confundido, porque todos los cuadros me resultaban iguales, como que ya habíamos recorrido ese lugar. Pero Brian los tiene bien registrados. 

  

Al llegar al famoso cuadro 13, tan mencionado por los cuidadores, observé que se trataba de un laberinto. El pensar en el mismo número 13, la yeta, la mala suerte, muchas cosas que rodean y dan mala espina a un simple número, ya producía sugestión. 

  

    -ya no tengo miedo, ya no me pasa nada, es más bien un respeto el que tengo al lugar, es hasta que te acostumbras. –nos dijo Brian. 

  

    En ese momento quisimos realizar una fotografía tomada al azar, y nos detuvimos un momento. Luego del sonido obturador de la máquina y el brillo del flash, mientras esperábamos ver la fotografía, reinó en el lugar un silencio breve, que fue interrumpido por el fuerte golpe de una piedra. Pensando que sólo yo la había escuchado, miré a nuestro guía con cara de asombro, y éste me preguntó: “¿escuchaste eso?”. Sí, lo había escuchado, y era cierto. Esta vez, no sólo me lo habían contado, sino que también lo viví. Era el ruido de una piedra al caer, clarísimo, con el rebote y el eco incluido. Decidimos al lugar de donde procedió el ruido, pero no había nada, y era imposible que una piedra fuera lanzada desde la calle hacia allí. 

  

Según Brian, era su primera vez escuchando algo parecido en ese lugar. De ahí en más cada paso que dimos fue más escalofriante aún. 

  

  

  

Llegando a las calles más iluminadas y ya terminando nuestro recorrido, Brian nos contó lo que pasa en la zona de la cocina, a unos 50 metros de la entrada al cementerio nuevo. El lugar es muy precario, cerrado con candado, y allí, en una siesta vieron aparecer a un par de nenitas solas, de la mano, a las cuales no les observaban las caras. Así como aparecieron, desaparecieron. Pero el fenómeno se repitió varias veces, también en otras partes del camposanto. Y en ocasiones, estas pequeñas vestidas con trajecitos antiguos, iban acompañadas por un hombre vestido de negro, al que tampoco se le puede distinguir el rostro. 

  

También es frecuente que se escuchen risas de niños a los que incluso a veces se los puede ver jugando, o corriendo entre las tumbas que están bajo tierra, pero cuando se los busca para retirarlos del lugar, todo vuelve a un silencio absoluto. 

  

La verdad que es un lugar aterrador de noche, y de ninguna manera lo visitaría estando solo. Hasta el mismo Brian tiene recelo, aunque se esfuerza por mostrarse tranquilo. Aquí terminaba mi informe, sin mayores sobresaltos, y seguía sosteniendo lo que pensé al principio, a pesar de lo que me sucedió. Que el cementerio es un lugar de paz, de armonía, para muchos escalofriante, para algunos intrigantes. Lo que buscamos no fue herir sentimientos ni susceptibilidades de los lectores, o interrumpir la paz de los que allí “descansan”, sino más bien el deseo de saber, respetuosamente, qué se siente al visitar la necrópolis en un horario infrecuente. Hoy estamos de este lado, y mañana… 

  

  

  

Este informe está dedicado a la memoria de Susana Infante, fiel seguidora de Radio Valle Viejo, y de nuestro programa. 

  

  

  

                                                                      Maury Agüero 

  

 

 







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