La profesora de musica



La profesora de musica



En una escuela de la capital catamarqueña trabajaba una reconocida profesora de música, quien amaba la tarea diaria que compartía con sus alumnos. La dedicación de la docente le había valido el reconocimiento de toda la sociedad del centro, ya que con sus acordes de piano solía presentarse acompañando coros en varios eventos de importancia. Además, sus alumnos la respetaban y tenían un especial cariño por aquella docente tan carismática. 

  

Cerca del mes de mayo de la década del ochenta, comenzó a ausentarse de su tan querida labor. Docentes, directivos y alumnos, la extrañaron. Con el tiempo se supo que una cruel enfermedad la había postrado en la cama, su peso bajó muy rápidamente, y las esperanzas de una pronta recuperación se vislumbraba muy lejana. Así planteadas las cosas, llegó otra profesora de música, también muy activa; pero era diferente, le faltaba "el ángel" que hacía maravillas sobre el teclado y en la formación del coro. 

  

Una siesta, mientras en la escuela se dictaban las clases con normalidad, sacudió la infausta noticia: la destacada profesora había muerto en la paz de su hogar bajo, la mirada de una enfermera que vigilaba su agonía. 

  

El pesar era generalizado, había partido un ser excepcional, una docente de alma, alguien con un talento tan especial, que al tocar el piano conmovía las fibras más íntimas. Esa tarde avisaron a los niños y a sus padres dónde sería el velatorio de sus restos, para ir a acompañar a su familia. La tristeza reinaba en el segundo hogar de los niños. 

  

Una vez que la mayoría de los integrantes de la comunidad se había retirado, una de las ordenanzas escuchó “tocar el piano” con una melodía muy particular, era esa música que siempre tocaba la reciente finada. Con curiosidad llamó a la Maestra secretaria que estaba guardando los últimos registros de asistencia, para contarle que alguien ejecutaba una melodía en la sala de música. La docente un poco extrañada también escuchó el sonido del piano y relacionó que seguramente la otra profesora de música, en un póstumo homenaje, tocaba para el alma que recién había partido. 

  

La sorpresa fue que, al llegar al aula de música, el sonido había concluido, nadie estaba adentro y el piano se encontraba prolijamente tapado. Las dos mujeres por un minuto se miraron a la cara sin encontrar respuesta. Se persignaron y salieron muy compungidas. 

  

Varios vecinos al otro día llegaron a la institución educativa para poner en conocimiento a la señora directora, que en horas de la noche y gran parte de la madrugada “alguien tocaba el piano”. 

  

Ante los hechos sucedidos y luego de varias noches con madrugadas incluidas de escuchar los acordes del piano, las autoridades de la escuela consultaron con un sacerdote, quien ofreció celebrar una misa por el alma de la docente. Crease o no, luego de la cerebración religiosa, el piano dejó de sonar en el establecimiento. 

  

 

 







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