Llamadas extrañas



Llamadas extrañas



Gonzalo se vio notablemente atraído por un fenómeno paranormal que se repitió en personas cercanas a él. El caso de llamadas extrañas, realizadas por personas recientemente muertas. Suena raro, ¿verdad? Sin embargo, los testimonios abundan. Y más recientemente, con la llegada de los mensajes de texto a la telefonía, hubo quienes recibieron SMS desde un celular que estaba desactivado porque su dueño llevaba algunas horas (o días) de fallecido. Gonzalo tiene la experiencia más cercana en un episodio por el que atravesó su hermana, unos cuatro años menor que él, cuando el abuelo perdió la vida en un accidente automovilístico. "Sería bueno que te lo cuente ella, pero te puedo dar un anticipo" -dice Gonzalo, antes de meterse en la historia. 

    -Cuando falleció mi abuelo materno, en un accidente, volviendo de El Rodeo, yo estaba en la escuela Mariano Moreno. Tenía once años. Después me dirigí a casa, en la calle Mate de Luna casi llegando a Maipú. No había nadie en casa, y recién al rato llegó mamá. Me dijo que tenía una mala noticia para darme, y que mi abuelo había tenido un accidente, y que no sabían si estaba vivo. La casa de mi abuelo quedaba a la vuelta, por Maipú. Salí corriendo y cuando llegué a la casa, la primera impresión que tuve ya fue mala: ver la presencia de muchos amigos de mis abuelos y de mi madre me hizo pensar que la noticia no era buena. Me dijeron que mi tío ya se había dirigido al lugar para corroborar si era cierto que había fallecido. Lo primero que me dijeron es que no le comenté nada a mi hermana, que tenía unos siete años. Al rato entré a su habitación, totalmente triste, y la vi a ella muy contenta. Sin que yo le dijera nada, me preguntó: "Gonzi... estás triste por el abuelo?". Le contesté que sí, y me acordé de la directiva de no hablar del tema. Entonces me dijo "no te preocupes, está todo bien...". Con cierta incredulidad le pregunté a qué se refería, y me contestó "está todo perfecto, el abuelo está muy bien..." Ahí hubo un momento en el que no entendí nada. Le pregunté cómo lo sabía ella, y me contó: "recién sonaba, sonaba y sonaba el teléfono... nadie atendía... me levanté enojada pensando por qué nadie atendía, habiendo tanta gente en la casa, y cuando atendí, era el abuelo el que hablaba". Lo que ella me contó mezcló mi tristeza con la confusión, como en trance... No sabía si creer lo que me habían dicho los grandes sobre la muerte de mi abuelo, o lo que me decía mi hermana. En ese momento no entendí nada. Pero me acuerdo de que, al contarme eso, mi hermana, de la alegría nos pusimos a saltar en la cama... Y bueno, la alegría terminó cuando volvió mi tío y nos enteramos de todo... 

    -Y tu hermana, con el paso del tiempo, cuando elaboró aquella llamada de otra manera, ¿qué...? 

    -Exactamente, con el paso del tiempo llegamos a la conclusión de que le había sucedido un caso que no es común, pero que les pasa a muchos chicos en diferentes partes del mundo... familiares que se van sin despedirse, y aparece la famosa llamada de teléfono. Según averigüé, la persona fallecida se hace escuchar, quizás, por las personas a las que tenía más afecto... 

    -Entonces era una llamada para ella... 

    -En realidad mi abuelo hubiera dado la vida, no sólo por ella, por los dos, pero me imagino que le pasó a ella porque era la más chiquita... y hasta el día de hoy estamos convencidos de que, la llamada que recibió fue del abuelo. 

  

  

Gonzalo Aragón aclara que, en el año que murió su abuelo, no era época de celulares. Y agrega una anécdota de Claudio, primo de un amigo suyo al que considera casi un hermano. Dice que lo recuerda con claridad porque, de todos los familiares de su amigo (casi hermano), con el que más se acercó fue con el papá de este chico, un hombre de apellido Herrera que trabajaba en la escuela de Alijilán. Tenía una moto de 250 cilindradas, y una vez le hicieron dedo cuando pasaba por El Portezuelo. Llevando a esta persona atrás en su moto, en la zona de la cuesta le apareció de golpe un jinete a caballo y, por esquivarlo, se estrelló contra la montaña. Gonzalo nos cuenta que Herrera fue trasladado al hospital, donde agonizó durante dos o tres días, nada más. Murió el mismo día del cumpleaños de Claudio, su hijo menor, que por entonces tenía unos cuatro o cinco años. 

En su relato, Gonzalo nos cuenta que la familia de Claudio intentó ocultarle la tragedia, realizando un cumpleaños fingido, mientras en otro lugar de la ciudad ya estaban velando a su padre. Quisieron evitarle un trauma al niño, festejándole el cumple como si nada pasara. La celebración se realizó en la casa donde actualmente viven. En pleno cumpleaños, comenzó a sonar el teléfono, aunque la línea telefónica no estaba habilitada... Y aunque todos escucharon el timbre de la llamada, quien atendió fue Claudio. La familia observó, en silencio, sin poder dar crédito a lo que ocurría, cómo el pequeño hablaba y se reía. Al cortar la comunicación, hizo un ademán como para seguir festejando. La madre entonces le preguntó quién había llamado, y Claudio respondió que "era el papi... me dijo que no me preocupe, que está bien, que no lo lloremos... 

Cuando todavía debíamos digerir la impresionante historia que nos narraba Gonzalo, nos interrumpe advirtiendo que esto no terminó ahí. Herrera era muy compinche del "herma-amigo" (así llama Gonzalo a su mejor amigo), y entre ellos bromeaban. Alguna vez, el padre de Claudio le había advertido que, si moría antes, lo asustaría cerrándole el paso del agua caliente durante una ducha, o bajándole el volumen de la música que estuviera escuchando. Le advertía, divertido, que "te voy a hacer la vida imposible". 

Por increíble que parezca, cuenta Gonzalo que, cuando su amigo fue a darse una ducha y cambiarse después del velorio, para concurrir al cementerio, mientras se bañaba, misteriosamente se cerró el paso del agua caliente, y "alguien" le bajó el volumen de la música que escuchaba. Simplemente, este hombre de apellido Herrera, se estaba despidiendo de su amigo, Gabriel Argañaraz. 

 

 







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